Es imprescindible adentrarnos en la historia musical y social de los lares andaluces, para acercarnos a los orígenes del flamenco. Ante esa situación, es bueno asimilar que toda música, que como bien se ha dicho se ha inventado para acompañar la soledad del hombre, procede de otras músicas y cuando se define ocasiona otras vertientes musicales. Es así en el campo de lo popular y en el de la música culta. El flamenco, nuestra música más peculiar, se ha conjugado asumiendo y destilando muchas influencias tonales e instrumentales, aunque haya finalmente alcanzado unos sones y expresiones verdaderamente propias, algo que es la sorprendente clave de sus características tan definidas hoy y tan superiores en matices y densidad artística a las meramente folklóricas.
Han existido constantes referencias a las crónicas clásicas, a los escritos del poeta latino Décimo Junio Juvenal, el satirizador de Roma, que como se ha escrito y comentado largamente, no disimuló su admiración por las muchachas gaditanas (puellae Gaditanae) que bailaban unas danzas enervantes, vibrátiles, repiqueteando castañuelas de bronce, cantando, para divertir a los intelectuales contemporáneos de Tito y de Trajano, unas coplas graciosas llamadas por los entendidos “cantica Gaditanae”, es decir, cantes gaditanos, tan populares que la juventud romana los cantiñeaba y los bailaba cuando quería divertirse, mientras admiraban a la mítica Telethussa, que así lo cuenta Domingo Manfredi en su “Silueta folklórica de Andalucía”.
Para encontrar los orígenes del flamenco se procede a dar un salto muy ancho en el tiempo por la mayoría de los investigadores, centrando generalmente sus hipótesis en la mezcolanza entre moriscos y gitanos, un hecho social más o menos importante que se denota pasado el año 1600. Así cuando en 1967, el flamencólogo cordobés Ricardo Molina afirmaba, en el primer párrafo de su libro “Misterios del flamenco”, lo siguiente: “Sabemos que el cante flamenco apareció alrededor de 1780 entre los gitanos de la baja Andalucía en una exigua región extendida entre Sevilla, Lucena y Cádiz. De lo que hubiera sido antes no sabemos nada cierto. Es asunto que cae de lleno dentro de la insondable esfera de las posibilidades”. Ricardo Molina estaba convencido de que no se podía teorizar de otra manera acerca de la cuestión, quizás demasiado influido por su colaborador el cantaor Antonio Mairena, quien mantenía esa tesis de que el cante nace en el seno del pueblo gitano-andaluz en la fecha señalada. Pero lo más grave en aquellos días de los años cincuenta y sesenta, cuando se emprende la etapa de reivindicación y revalorización del arte flamenco, era que la mayoría de los escritores que se sintieron atraídos por su música y su mundo, por su vivencia y disfrute, mantenían la misma idea al respecto.
Pero con el paso del tiempo se han ido encontrando datos mas aclaratorios sobre sus orígenes dándonos a conocer más sobre este arte que lo que contaba Ricardo Molina y todos sus seguidores. Así pues, en el Diccionario Enciclopédico Ilustrado del Flamenco”. Dice así:
“Se considera que el arte, baile y toque de guitarra flamencos constituyen en su conjunto un arte, porque sus estilos, creados sobre bases folklóricas, canciones y romances andaluces han sobrepasado sus valores populares, alcanzando una dimensión musical superior, cuya interpretación requiere facultades artísticas especiales en todos los órdenes. Y aunque el flamenco, cante, baile y toque, mantiene un sentido estético sumamente popular y propio del pueblo andaluz, sus manifestaciones han cuajado en auténticas expresiones artísticas, totalmente diferenciadas de las folklóricas originarias, a través de las composiciones anónimas y personales que lo han estructurado y evolucionado estilísticamente. Sin dejar de ser música y lírica de raigambre popular, puede decirse, según opinión generalizada de la mayoría de sus estudiosos, que el flamenco es un folklore elevado a arte, tanto por sus dificultades interpretativas como por su concepción y formas musicales”.
Y para evitar todo tipo de divagación en la ocasión presente, hay que remitirse sin dudarlo un instante a la voz “Flamenco” del anteriormente citado Diccionario, obra enciclopédica en la que puede leerse lo siguiente:
“Flamenco, ca. Adjetivo. (Del neerlandés flaming, natural de Flandes). En España se aplicó a la persona de tez encarnada, por tomarse el flamenco como prototipo de los pueblos nórdicos –según el castellano del siglo XIII-. De ahí la aplicación a la palmípeda Phoenicopterus roseus, h. Según dato de 1330 –flamenque- por el color de la misma: de ahí probablemente también la aplicación a las mujeres de tez sonrosada, de donde luego devino ‘gallardo, de buena presencia’, y después ‘aspecto `provocante de aire agitanado’. Finalmente, en 1870, fue aplicado a un conjunto de formas de expresión especialmente arraigado en Andalucía y en concreto a un ‘género de composiciones musicales de especiales características’”. El origen de esta última aplicación de la palabra flamenco es incierto aunque las teorías más consistentes apuntan a una continuación lógica de las significaciones que fue adquiriendo el vocablo desde su primera derivación; es decir, de algunas de las circunstancias relacionada con Flandes. Así, se llamó flamenco, en sentido elogioso , al cantaor que destacaba, por los excelentes cantores procedentes de los Países Bajos que actuaron en el siglo XVI en las capillas catedralicias españolas y luego por asociación, al propio canto; también se le llamó flamenco al morisco que habiéndose alistado, cuando la expulsión, a los tercios de Flandes regresaba a España con todos los honores y cuyas destacadas canciones eran conocidas como "cantos de los flamencos"; igualmente se le llamó flamenco al gitano, a quien se suponía equivocadamente procedente de Alemania y el vulgo calificaba por igual a los que procedían de este país o de Flandes, o por el contraste, dentro de las características festivas y picarescas de la raza andaluza, con la tez blanca y rubia de los naturales de Flandes; y se le llamó flamencos a la gente del hampa que usaba determinado cuchillo o faca de grandes dimensiones, procedente de Flandes y de ahí a la gente del cante, entroncada entonces con el mismo estamento social andaluz; y asimismo se le llamó flamenco a cierta categoría de cantos sinagogales que podían ser cantados por los marranos y los judaizantes que habían emigrado a Flandes y no por los que permanecieron en España, donde tales cantos estaban prohibidos. Otras teorías que proponen derivaciones distintas de la anterior no han prosperado hasta la fecha por carecer de soporte documental sólido: tal es la que hace proceder flamenco de voces árabes, como felehmengu, o la que identifica cante flamenco con el animal del mismo nombre, según una correspondencia simbólica existente en la India medieval por la que diferentes sonidos se simbolizan por animales determinados, o la que hace derivar flamenco de la voz bable falar, musulmanizada luego por adición de la terminación despectiva “nco”.
La definición etimológica que hemos dado de cuantas acepciones tiene la palabra flamenco, se basa en cuanto según sus autores se halla en los libros y crónicas a partir del siglo XIII. Y a continuación de tan detallada explicación etimológica del término flamenco, en la misma obra se inserta la descripción siguiente de su actual aplicación al arte flamenco:
“Aplícase al conjunto y a cada una de las formas de expresión de una cultura española, genuina y arraigada en Andalucía, que se manifiesta principalmente por una manera peculiar de cantar, bailar y tocar la guitarra, a la que se le reconoce entidad de arte específico; y por extensión a la música influenciada por sus valores estéticos y sus aires singulares, al ballet, teatro, cine, artes plásticas y literatura con inspiración en sus temas, ambientes y artífices, a sus intérpretes, incluso al talante humano de los mismos y de las personas que gustan de su manifestación, así como a la vestimenta tradicional usada por sus ejecutantes”.
martes, 22 de diciembre de 2009
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